miércoles, 11 de agosto de 2010

UN MILAGRO VERDADERO (TESTIMONIOS REALES)


Un gran hombre de Dios se refirió en múltiples ocasiones a la existencia de los milagros, ya sea "milagros verdaderos" o "milagros mentirosos". Los milagros verdaderos -decía- son aquellos en que actúa netamente el ilimitado poder de Dios. A continuación relataré brevemente uno de éstos, ocurrido en mi vida:
A la edad de seis a siete años aproximadamente, llevaba en mi rostro una malformación denominada "prognatismo", que consiste en una desviación de la mandíbula inferior. Esta anomalía ósea provoca que los dientes inferiores se vean más adelante que los superiores, en desmedro evidentemente, de la estética personal.
El médico le dijo a mi madre que si realmente me amaba, siguiera un tratamiento en la niñez, para no sufrir las consecuencias mencionadas.

Fue así que mi mamá debió confeccionar un gorrito elasticado, para usarlo durante las noches y tratar de corregir de ese modo el problema. Aparte de eso, debía concurrir diariamente al hospital, para realizar ejercicios con la boca, armando figuras con palitos de helado.
Después de unos meses, la doctora tratante, se dio cuenta que los resultados positivos no iban a llegar de esa manera y sugirió la operación.
Bajo esas condiciones, una noche mi madre decidió poner sus manos sobre el gorro, pidiendo a Dios su intervención maravillosa.
Recuerdo claramente aquella noche, en que mi sueño nocturno fue interrumpido bruscamente al caerme desde la cama al suelo, quedando con los pies sobre el lecho. Aunque para el lector parezca increíble, con el golpe que me dí mi mandíbula se enderezó. Como niño, al darme cuenta de ésto, grité para despertar a mi madre y contarle alborozado lo ocurrido.
¡Gloria a Dios! Tenía completamente normal mi boca; lo cual quedaría como un suceso imborrable por el resto de mi vida.
Ahora, siendo un adulto, reconozco, y sirva ésto como testimonio para alguien que no haya sido sanado aún de su enfermedad física, que el milagro más grande es la salvación del alma; la sanidad del espíritu enfermo, trayendo consigo el alivio de una carga, muchas veces insostenible para el ser humano desvalido.
ACLARACIÓN: El hombre de la foto no soy yo, pero muestra el problema similar que sufrí y su desaparición.